Mis pequeñas sonrisas

martes, 31 de enero de 2012

Es imposible pasar de página, si lo que tú querías estaba en el capítulo anterior.

Volviste a ser, como siempre, una razón indispensable, una razón más por las que me siento tan estúpida y miserable, volviste a hacerme llorar, como todas las noches, a recordarme que ya no estás aquí, advertiste que mi sonrisa ya no era la misma que aquella vez cuando colgaste veinte estrellas de tu lámpara para avisarme que siempre te acordarías de mí, aún siguen allí, aun sin ti siguen despidiendo la misma tenue luz dorada que cuando el color de tus ojos parecía ser el mismo mar que cautivaba almas allá donde mirabas, cuando aún no se habían vuelto grises y cuando todavía brillaban de esa forma que tú sólo entendías, pues, en lo que se refiere a estrellas, ni siquiera la mayor explosión de supernova conseguiría desprender tanta luz como tú. Porque fuiste la luz en mis días grises, hasta en los más negros, cuando todo estaba del revés y lo más cerca que se encontraba mi sonrisa de mí era donde ni siquiera los mejores mineros podían llegar, donde el mínimo rastro de oxigeno era como el mayor tesoro del mundo, y aun así, conseguiste devolver la sonrisa a mi cara, una cara llena de pánico, donde la sonrisa que acababas de poner temblaba por miedo a desaparecer mientras mi corazón luchaba por mantenerse a salvo y en mi cabeza retumbaban aquellas optimistas palabras que repetías sin descanso, intentando creerte a ti misma, mientras formabas una pequeña pajarita con una servilleta de aquel hospital mugriento, sacabas fuerzas que no tenías y me contabas una pequeña historia que nunca terminaba, que terminará cuando te olvidemos, y eso sólo significa que vivirás para siempre.

Ahora sé que no sólo he perdido a mi estrella, la que me levantó al caer, he perdido a mi cielo, el que río conmigo y me hizo sentir todo eso de lo que hablan cuando dicen que la felicidad puede salirse de las orejas; fue a su lado cuando mi cabeza creció para abarcar aquella enorme sonrisa que se formaba al ver aquellos ojos azules llenos de vida y de luz, los que hipnotizaban miradas y bailaban al son de aquella sonrisa preciosa, la que a pesar de todo nunca se borró del todo, la que aún tenías cuando me preguntaste quién era, porque, en algún lugar del fondo, aún sabías que seguía siendo la niña de tus ojos, tu pequeña estrella.

jueves, 5 de enero de 2012

La verdad, empiezo a echarte de menos.

Posiblemente mi mayor defecto sea creerme  todas esas cosas de que el tiempo pone a cada uno en su lugar, todo eso de que si tratas de ser positivo te irá mejor, de que la suerte no es un factor biológico, sino que la adquieres a base de invertir todas tus fuerzas en ese sueño que llevas siguiendo desde que aprendiste a separar llorar de gritar, desde que en una noche de verano te tapaste con todas las sabanas de la casa, y lo que no eran sábanas, y lloraste hasta que te diste cuenta que deshidratarse a base de lágrimas no era la mejor forma de morir, porque, aunque lo deseabas igual que una niña de dos añitos desea un nenuco por Reyes, te querías demasiado como para matarte a ti mismo, porque al final, a excepción de dos, todos somos lo suficientemente egoístas como para pensar cien veces y, las cien, pensar en nosotros. Y mientras estás sumido en tu ego te interrumpe el despertador, así que después de no pegar ojo en toda la noche decides levantarte con el pie derecho mientras llevas pegado en la frente: “Para ser feliz hay que obligarse” Te habías levantado con ganas de ser optimista y de resolver tus problemas mientras tu madre, que acababa de pasar por tu cuarto, se preguntaba cómo coño habías conseguido volver a casa y ponerte el pijama después de la cogorza que debías de llevar y de la paliza que te debieron de meter para acabar con esos ojos hinchados en los que no se distinguía muy bien lo que es el ojo de aquella ojera morada en la que no servirían productos hechos a base de zumo de limón para, a partir del negro, dejar ver algún trocito morado. Después de recibir la bronca de tu madre por salir de juerga sin decir nada, cuando en realidad te habías acostado a las ocho de la tarde porque no tenías ganas siquiera de ver tu serie favorita de la cual no te habías perdido ni un solo capítulo en tres años, alcanzas un espejo, te lavas la cara pensando que volverás a estar como nuevo y al mirar de nuevo al espejo te das cuenta que sigues igual, pero ahora ya no tienes aquel cartel pegado en la frente, ni siquiera tienes ganas de ser optimista y ya te da igual pisar primero con el pie izquierdo o quedarte de pie en la ducha viendo como cae el agua; pensando que al menos ella es feliz. En realidad, ni eso.