Mis pequeñas sonrisas

jueves, 5 de enero de 2012

La verdad, empiezo a echarte de menos.

Posiblemente mi mayor defecto sea creerme  todas esas cosas de que el tiempo pone a cada uno en su lugar, todo eso de que si tratas de ser positivo te irá mejor, de que la suerte no es un factor biológico, sino que la adquieres a base de invertir todas tus fuerzas en ese sueño que llevas siguiendo desde que aprendiste a separar llorar de gritar, desde que en una noche de verano te tapaste con todas las sabanas de la casa, y lo que no eran sábanas, y lloraste hasta que te diste cuenta que deshidratarse a base de lágrimas no era la mejor forma de morir, porque, aunque lo deseabas igual que una niña de dos añitos desea un nenuco por Reyes, te querías demasiado como para matarte a ti mismo, porque al final, a excepción de dos, todos somos lo suficientemente egoístas como para pensar cien veces y, las cien, pensar en nosotros. Y mientras estás sumido en tu ego te interrumpe el despertador, así que después de no pegar ojo en toda la noche decides levantarte con el pie derecho mientras llevas pegado en la frente: “Para ser feliz hay que obligarse” Te habías levantado con ganas de ser optimista y de resolver tus problemas mientras tu madre, que acababa de pasar por tu cuarto, se preguntaba cómo coño habías conseguido volver a casa y ponerte el pijama después de la cogorza que debías de llevar y de la paliza que te debieron de meter para acabar con esos ojos hinchados en los que no se distinguía muy bien lo que es el ojo de aquella ojera morada en la que no servirían productos hechos a base de zumo de limón para, a partir del negro, dejar ver algún trocito morado. Después de recibir la bronca de tu madre por salir de juerga sin decir nada, cuando en realidad te habías acostado a las ocho de la tarde porque no tenías ganas siquiera de ver tu serie favorita de la cual no te habías perdido ni un solo capítulo en tres años, alcanzas un espejo, te lavas la cara pensando que volverás a estar como nuevo y al mirar de nuevo al espejo te das cuenta que sigues igual, pero ahora ya no tienes aquel cartel pegado en la frente, ni siquiera tienes ganas de ser optimista y ya te da igual pisar primero con el pie izquierdo o quedarte de pie en la ducha viendo como cae el agua; pensando que al menos ella es feliz. En realidad, ni eso.

5 comentarios:

  1. Esta entrada me hecho pensarme muchas cosas, a veces yo soy igual que esa persona y no veo ninguna salida. Pero también es importante darse tiempo a uno mismo para encontrarla... a veces con unos días basta, otras no se tiene tanta suerte.
    Cada vez me engancho más a este blog, besos!

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  2. Aveces ser feliz es complicado :S pero hay que hacer todo lo posible por conseguirlo.
    Un beso!ª

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  3. Es un texto duro, pero me gusta. Quizás porque son los melancólicos los que más me llenan, y no los falsamente optimistas.
    Un beso, Ana :)

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  4. gracias por pasarte por nuestro blog :)
    hace mucho que comentaste pero no pude devolverte la firma antes, yo soy de esas personas que en es muy optimista para los demas, es decir, siempre estoy dando animos pero luego no los tengo para mi y me ahogo en un vaso de agua lo bueno es que a veces hay gente que te ayuda a nadar entre tanto mar de dudas y rayamientos
    te sigo!

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  5. Vaya, la verdad que no sé que decir...
    Sólo que espero que esto sólo sea una mala racha, y pronto todo vaya mejor. Y también que nunca dejes de ver el lado positivo de las cosas, yo no soy muy optimista, pero estoy segura de que en el mundo hace falta más gente como tú.
    Un besazo enorme. Te sigo. :)

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